Se esperaba mucho más de este ‘Ritual’, las expectativas eran altas (su debut no se lo salta un gitano) y las ganas el doble. Pues bien, la primera en la frente. Is love, una apertura que promete más de lo que da, resulta ser una pieza machacona que no logra arrancar en ningún momento, dejando un sabor agridulce, algo que endulza (y de qué manera) el tema cumbre del álbum, Strangers, teclados clónicos de The Killers (sigue siendo una constante su parecido con los californianos) y una ambientación demoledora que llega a erizar el alma; estos si son los White Lies de su debut coñe!. El single adelanto, Bigger than us, aparte de su gran clip, musicalmente también tiene algo que decir, canción correcta a la primera escucha y, ahora poco menos que imprescindible.
Si el disco acabara aquí sería un perfecto single con sus caras b, pero al cuarto tema te vienen a la mente tres adjetivos: sobreproducido, rimbombante y pretencioso. Solo así podían parir cosas como Peace & Quiet, el primer gran bajonazo del álbum, una canción que parece robada a los peores Klaxons (¿los de su último disco quizás?) o Streetlights, deudora de unos Editors a la hora de la siesta. Solo ramalazos aislados (Turn the bells, Bad love) y la curiosidad de disfrutar con el parecido de las voces de Harry McVeigh, vocalista de los londinenses y el de Dave Gaham (Depeche Mode) hasta casi parecer su impersonator, no salvan un muy discreto segundo disco. Con algo más de inspiración y menos de sobreproducción (algo escandaloso por momentos) y de letras cortadas por el mismo patrón del tipo “que bala perdida soy, voy a drogarme y a pegarme un tiro” o, directamente y sin andarnos con rodeos, sin temas tan cantosos (por lo horrible) como The Power & The Glory o el cierre Come Down (¿pero esto qué es, los NSYNC?) ahora posiblemente estaríamos hablando de otra cosa. Espero que levanten cabeza.